domingo 9 de abril de 2006

Mao Tse-Tung y la maquinaria del merchandising

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Cuando están a punto de cumplirse 30 años de su muerte (Mao Tse-Tung falleció el 9 de septiembre de 1976), el culto al "Gran Timonel" se ha convertido en puro negocio.

El revolucionario chino es el icono del capitalismo salvaje de su país. Una imparable fuente de ingresos, a través del más variado merchandising y como reclamo turístico.

Un fenómeno muy ilustrativo de la evolución de este país, que ha abrazado el capitalismo de una forma tan feroz y radical como antes lo hizo con el marxismo.

Desde Sichuan, hasta Urumqi, la remota región del oeste de mayoría musulmana, es rara la ciudad o el pueblo que no haya levantado una estatua en su honor en su plaza central; sin embargo, alrededor de todas sus estatuas lo habitual es encontrar un enjambre de vendedores ambulantes dispuestos a asaltar a los visitantes con los más inverosímiles "souvenirs" del líder comunista: desde monedas con su efigie, chapas e insignias con sus hazañas más celebradas, pósters con motivos revolucionarios y su archiconocido "Libro Rojo", hasta palas de ping-pong.

Como no podría ser de otra forma, todas las compras se realizan con seis tipos de billetes en los que su semblante, idealizado hasta la benevolencia, está siempre presente. Y es que, la figura de Mao Tse-Tung continúa siendo inevitable. Pero, ¿es éste el mismo país que dirigió el "Gran Timonel"?. Evidentemente, no. Esta China dista mucho de la humilde sociedad campesina y proletaria a la que, uniformada con su característico "traje Mao", el "bienamado presidente" abandonó en sus arcaicas labores hace ya tres décadas.

Tras un cuarto de siglo de reformas por las que el coloso oriental ha pasado del comunismo atroz al capitalismo más salvaje, el culto a la personalidad de este régimen totalitario se ha convertido en un rentable negocio de merchandising.


El retrato del padre del comunismo chino aún preside la entrada a la Ciudad Prohibida, en la plaza de Tiannamen de Pekín. A pocos metros, en el mausoleo de Tiananmen, su cuerpo embalsamado aún atrae a millones de chinos que le rinden pleitesía.

Con Mao transformado en el principal icono de ese consumismo, la máxima expresión de tan singular paradoja se localiza en su pueblo natal de Shaoshan. Desde 1951, su casa es destino obligatorio para los turistas chinos. Por esta sencilla vivienda de ladrillo y techo de paja, orientada hacia un bucólico lago, pasan cada año cerca de 2 millones de visitantes. En torno a esta cuna de la "ideología socialista con características chinas" han proliferado decenas de tiendas donde se explota (¡¡y de qué manera!!) la figura de Mao.

El repertorio de artículos es tan amplio como limitado temáticamente: estatuillas, bustos, adornos colgantes con su fotografía, relojes, gorras, bolsos, camisetas, vídeos, libros, cartas, platos, cuadros de madera con caracteres en mandarín y un largo etcétera de regalos con una estética tan "kistch" como absolutamente inútiles.

"El objeto más vendido es la estatua de Mao de 90 centímetros, que cuesta unos 400 yuanes (40,83 euros)", explica Zhang Jianping. "A los campesinos le gusta comprar este tipo de cosas porque piensan que Mao es como un dios que les da suerte", continúa este joven empresario que ha decidido montar una tienda dedicada al "Gran Timonel" porque "es un buen negocio". La tienda le reporta unos ingresos mensuales de 6.000 yuanes (612,39 euros). Una fortuna en China, aunque sus beneficios se reducen a entre 1.000 y 2.000 yuanes (entre 102,10 y 204,15 euros) una vez ha pagado todos los gastos. Su artículo más caro es una estatua a escala real que vale 4.000 yuanes (408,38 euros), mientras que lo más barato son los amuletos que el 90% de los conductores de la provincia de Hunan cuelgan en sus coches para que el "Gran Timonel", reciclado en santo patrón de los automovilistas, les guíe en su camino. El negocio está tan estructurado, que todos estos artículos son fabricados por una factoría cercana que luego los suministra a las tiendas, unidas en una cadena comercial.

El régimen chino parece haberse olvidado de la causa comunista para abrazar un frenético desarrollo que ha transformado al coloso oriental en la cuarta potencia económica del mundo y ha sacado a 300 millones de personas de la pobreza, pero que ha agrandado las diferencias sociales y ha dejado desatendidos a 800 millones de campesinos. Aunque su orientación política no tiene ya nada que ver con las directrices marcadas por Mao, la nueva generación de líderes chinos aún necesita glorificar su figura para perpetuar su poder y controlar a la sociedad china desde la contradictoria "economía socialista de mercado".

Eso sí, el fundador del comunismo chino sigue siendo reverenciado en el mundo rural, en nombre del cual se hizo la revolución, y que apenas se ha visto beneficiado por el crecimiento de China porque su renta media es tres veces inferior a los ingresos urbanos. Para evitar que estalle este constante foco de tensión, en el que se registraron el año pasado 87.000 revueltas populares motivadas por la corrupción, los abusos de poder y la expropiación ilegal de tierras, Pekín prefiere continuar alimentando la "maomanía", pero desligada de cualquier debate ideológico y reduciendo al "Gran Timonel" a un reclamo turístico. Una atracción tan rentable, que el Gobierno ha puesto en marcha una red de rutas de "turismo rojo" que, explotando los lugares más emblemáticos del Partido Comunista, generará en los próximos años la friolera de 100.000 millones de yuanes (10.234 millones de euros).

Como dijo Deng Xiaoping, el artífice de las reformas capitalistas tras la muerte de Mao Tse-Tung, "gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones". Sin embargo, ahora parece que es más rentable cazar millones.

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